Por cuarta vez en su año de pontificado, el Papa León XIV citó el
ejemplo de san Óscar Romero en su nueva encíclica, «Magnifica Humanitas». El Sumo Pontífice también había
citado a Romero en su Exhortación Apostólica, «Dilexi
Te»; en su misa crismal del 2026; y en una ceremonia para conmemorar los mártires del siglo
XXI en el 2025. En
su referencia enciclical, el Papa cita a Romero para señalar que, a pesar de
enfrentar vientos adversos, el progreso de los derechos humanos a lo largo de
la historia siempre ha contado con defensores decididos que promueven la
dignidad humana, incluso a gran riesgo para su propia integridad. (M.H.,
124-125.)
"Su testimonio muestra que el bien no progresa de manera automática, sino que requiere perseverancia, memoria y una conversión que hace capaces de recomenzar incluso después de las derrotas", escribe el Papa.
Podría argumentarse que el santo salvadoreño figura en la encíclica de maneras más sutiles. Por ejemplo, Leo utiliza argumentos que recuerdan a los de Romero para exponer algunas de sus críticas a la inteligencia artificial. Una de las críticas del Papa, expuesta durante sus intervenciones orales en la presentación de la encíclica, describe la inteligencia artificial como algo que debe ser "desarmado".
Según el Pontífice, "la inteligencia artificial debe ser desarmada. Se trata de una palabra fuerte, lo sé, pero ha sido elegida deliberadamente ... la inteligencia artificial exige ahora ser desarmada, liberada de las lógicas que la transforman en un instrumento de dominación, exclusión y muerte ... Las decisiones relativas a la tecnología nunca deben separarse de la conciencia y la responsabilidad".
El argumento evoca la caracterización que hizo Romero de otro sistema impersonal —la ley— como una criatura depredadora.
"La ley es como la culebra," argumentó Romero en una frase suya muy famosa: "sólo muerde a los que andan descalzos". (Homilía del 5 de noviembre de 1978). Sin embargo, la ley,
no debe de ser
el eco de esa clase que está instituyendo una opresión, sino que tiene que ser
también el eco de esa clase que está recibiendo la represión, la opresión. Sólo
entonces, cuando premien lo bueno de los de arriba y de los de abajo y cuando
castigue lo malo de los de abajo y de los de arriba, sólo entonces será ley
justa.
(Homilía del 27 de noviembre de 1977). En otras palabras, como la I.A. para León papa, la ley para Romero obispo, tiene que ser desarmada. Siempre que un sistema no humano se vuelve inhumano, debe ser regresado al servicio de la humanidad. "No serviría de nada una IA más moral, si esta moral es decidida por unos pocos", dice el Papa. (M.H., 107). "Cuando un poder de tal magnitud se concentra en pocas manos, tiende a hacerse opaco y a eludir el control público, y crece el riesgo de un desarrollo distorsionado que provoca nuevas dependencias, exclusiones, manipulaciones y desigualdades." (Op. Cit., 95).
En eso, san Romero seguramente estaría de acuerdo.
Finalmente, Romero también estaría de acuerdo en ciertos aspectos filosóficos del argumento de «Magnifica Humanitas». En ella el Papa nos habla del transhumanismo -- del deseo de alcanzar un “más que humano”. Sin embargo el Papa señala que "La fe cristiana [nos indica] una plenitud que no deriva de una divinización tecnológica, sino de aquella que produce la gracia de Dios, recibida en Cristo". (M.H., 126.)
Esta frase de León XIV resume la enseñanza de san Romero.
Según Romero, "se corre hoy el peligro de que el hombre se quede únicamente en los fenómenos que él ha logrado dominar con su matemática, con su ciencia, con su técnica". (Hom. 4 sept. 1977). Pero--advierte Romero--"más allá de los fenómenos concretos de sus ciencias técnicas, existe una verdad que él sabe, en su conciencia, que la puede adquirir con certeza; y que, aún más allá de sus capacidades intelectuales, existe un don del Espíritu Santo que lo hace capaz de compartir con el Creador los diseños divinos". (Ibid.)
Para mons. Romero, "por más que el hombre ensanche su progreso, Dios estará todavía más alto y más ancho, abarcando al hombre en toda su dimensión; y, cuanto más el hombre desarrolle su personalidad, dará más gloria a Dios y Dios será siempre el Señor del hombre, el Señor de la técnica ... el Dios de las matemáticas, el Dios de la astronomía, el Dios de las leyes, el Dios de la medicina, el Dios de la ingeniería, el Dios de todo lo que el hombre puede inventar". (Hom. 26 ago. 1979).
Pero esto no implica rechazar la tecnología. "La materialidad nos interesa," explicaba Romero--refiriéndose a la tecnología de comunicación social de su tiempo--"porque sabemos el inmenso bien que hace la radio". (Hom. 24 feb. 1980). Sin embargo, "de nada sirve la palabra que vibra y suena si no se encarna en la vida del cristiano. Que lo que más le interesaba a Cristo era que sus cristianos fuéramos de verdad ... Que nuestras comunidades y nuestra vida individual sea el testimonio del evangelio que la Iglesia predica". (Id.)
[Compárese el Papa: "Invito a salvaguardar los espacios y los momentos en que la presencia física sigue siendo decisiva: la mesa compartida, la comunidad cristiana que se reúne, la visita a quien está solo, el servicio a los pobres". (M.H., 239).]
Finalmente, y quizá lo más decisivo para Romero era que para trascender, para alcanzar aquel “más que humano” que el hombre solo logra tocar a través de Dios, no se puede pasar por alto la misma humanidad.
En el
corazón de cada hombre, hay como una pequeña celda íntima, donde Dios baja a
platicar a solas con el hombre. Y es allí donde el hombre decide, su propio
destino, su propio papel en el mundo. Si cada hombre de los que estamos tan
emproblemados en este momento entráramos a esta pequeña celda, y desde allí,
escucháramos la voz del Señor, que nos habla en nuestra propia conciencia,
cuánto podríamos hacer cada uno de nosotros por mejorar el ambiente, la
sociedad, la familia en que vivimos.
(Hom. 10 julio 1977).
Le damos la última palabra al Papa:
En la era de
la inteligencia artificial, en la que la dignidad humana corre el riesgo de
verse eclipsada por nuevas formas de deshumanización, tenemos el deber urgente
de permanecer profundamente humanos, custodiando con amor esa magnífica
humanidad que se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna
máquina podrá jamás sustituir en su esplendor.
(M.H., 15).












