Monday, March 23, 2020

De los 40 años desde ‘El sermón del fuego’


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Hace cuarenta años, Mons. Romero pronunció su inmortal homilía del Quinto Domingo de Cuaresma del ciclo litúrgico “C”. La llamo así porque seguramente Romero así ideó su sermón basado principalmente en la parábola de la adúltera que iba a ser apedreada, aunque el resto del mundo recuerda la homilía por su dramática frase culminante, “¡Cese la represión!” Esta breve reflexión sobre la última homilía dominical de Romero busca recordar su contexto teológico, repasar su impacto social y analizar la aplicabilidad del mensaje a nuestro momento.

Primero, vale recordar el marco de referencia que el mismo Romero dio a su homilía. Al presentarla, Romero trazó los puntos esenciales de su homilía, titulada “La Iglesia, un Servicio de Liberación Personal, Comunitaria, Trascendente”, así:

Estos tres calificativos marcan los tres pensamientos de la homilía de hoy: 
1º. La dignidad de la persona es lo primero que urge liberar. 
2º. Dios quiere salvar a todo el pueblo. 
3º. La trascendencia da a la liberación su verdadera y definitiva dimensión.
Es evidente que Romero quería desprender de la parábola de la adúltera la lección de que la ley no se puede aplicar arbitrariamente, sin tomar en cuenta la dignidad humana. Los que acusaban a la mujer estaban dispuestos a apedrearla sin más, a aplicar la ley sin la misericordia o cualquier otra consideración para evitar su muerte. En cambio, Jesús la defiende y acusa a los acusadores: ‘Aquel que esté sin pecado, que tire la primera piedra’. Para Romero, esto implica toda una serie de conclusiones que derivan del concepto “La ley para el hombre, no el hombre para la ley”. No se puede hacer caer sobre la dignidad de las personas ideologías—ya sean marxistas o capitalistas—o legalismos, ni mucho menos ordenes de seguridad nacional para reprimir el pueblo. Desde esa línea de pensamiento deriva directamente la famosa frase final: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!

Esta frase ha tenido un impacto tremendo. Inmediato. Al siguiente día, Mons. Romero fue asesinado, se cree, basado en esta frase. He oído a expertos que dicen que al escuchar las palabras pronunciadas por Mons. Romero inmediatamente presumieron que sería asesinado—es más, algunos de los que lo aconsejaban al arzobispo le rogaron no pronunciar estas palabras ya que presentían el grave peligro que resultaría. La valentía de Romero en pronunciarlas es parte de la potencia de las palabras. “¡Nadie hará callar tu última homilía!”, declaro don Pedro Casaldáliga en su famoso poema. La frase ‘¡Cese la represión!’ ha sido reproducida en camisetas, stickers, y consignas y ha sido hasta transmitida a alto volumen hacia instalaciones militares estadounidenses. El activista John Dear ha calificado la homilía como la más grande interpelación por la justicia social en la historia de la Iglesia latinoamericana desde el sermón de Fray Antonio Montesinos en defensa de los indígenas en 1511.

Aquí una pequeña corrección: la frase ha sido históricamente interpretada como una invitación a la desobediencia, incluso en su momento, la dictadura salvadoreña dedujo que Romero estaba haciendo un llamado a la insubordinación de los soldados contra sus superiores, que podía provocar una sublevación formal. Esa interpretación se entiende, ya que Romero deja claro que los soldados deben desacatar ordenes inmorales: “Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla”. Sin embargo, el punto de referencia correcto NO sería la rebeldía sino que la obediencia: la obligación. El punto no es llamar a la gente a desobedecer a nadie, sino llamar a todos a OBEDECER A DIOS. Se trata de la primacía de la ley de Dios: “ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios,” dice Romero (el énfasis es mío). Esto deja entrever que la lección tiene un aspecto positivo (obedecer la ley de Dios) y un aspecto negativo (desobedecer la ley del hombre cuando esta contradice la ley de Dios).

Esto nos trae a nuestro momento. Es interesante ver los paralelos: un sentido de crisis, una escala ascendiente en espiral de muerte. En el segmento de la vida nacional de la homilía, Romero hace un catálogo detallado de las muertes: 600 muertos identificados por Amnistía Internacional tras una exhumación de cadáveres, 140 muertos por un Estado de Sitio que vio varios enfrentamientos incluyendo un tiroteo contra la Universidad de El Salvador, 9 campesinos muertos en la población de San Bartolo Tecoluca, 25 campesinos muertos en San Pablo Tacachico, y varios otros casos que Romero informa que incluyen muertes y asesinatos en Arcatao, en Calera de Jutiapa, en El Jocote, en Mogotes Tacachico, y en la UCA. Una verdadera “pandémica”. Ante todos estos, Romero proclama que “la Pascua es grito de victoria, que nadie puede apagar aquella vida que Cristo resucitó y que ya la muerte, ni todos los signos de muerte … podrán vencer” (el énfasis es mío).

También vemos en los dos casos—el de entonces y el de hoy—un paralelo en el actuar del estado, la imposición de la ley, la intervención fuerte de un gobierno. Estado de Sitio. Las calles patrulladas. Las fuerzas del gobierno desplegadas por todo el territorio, imponiendo la voluntad estatal. Hasta algunos han sentido el instinto de la rebeldía: el querer desobedecer. Aquí es donde se tiene que analizar bien lo que dijo Romero: diferenciar la intención de la ley, de la orden que se enfrenta: ¿es orden para matar, o es orden para el bien común? ¿Es orden que ofende la dignidad de la persona, o es una ley que quiere salvaguardar el bienestar del pueblo?

Aquí repito a Romero:

Estos tres calificativos marcan los tres pensamientos de la homilía de hoy: 
1º. La dignidad de la persona es lo primero que urge liberar. 
2º. Dios quiere salvar a todo el pueblo. 
3º. La trascendencia da a la liberación su verdadera y definitiva dimensión.

Los principios aplican—porque son eternos y universales—pero hay que saber aplicarlos. Siempre desobedecer a algo implica obedecer a algo.

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